divendres, 11 de juny de 2010

RUSIA Y SUS CATALINAS

La zarina Catalina I de todas las Rusias

Una joven Catalina II

¿Qué podemos contar de la zarina Catalina II que no sepamos?, practicamente nada, además en cualquier biografía podemos encontrar los datos relativos a una gran estadista. Pero de Catalina I, si buscamos en nuestra memoria ¿nos acordamos de ella?, seguramente no. Así que me limitaré a dar una breve pincelada de las Catalinas que dejaron huella en Rusia y de su entorno, para familiarizarnos con su figura. Pero lo que es innegable es que si bien un hombre puede ser excepcional, cuando una mujer es excepcional supera todos los límites y destaca con brillo propio, como ocurrió con Catalina I y Catalina II.
Para saber como llegó Catalina II al trono ruso, tenemos que buscar en los acontecimientos previos.



Catalina II con los atributos y emblemas imperiales

Deberemos remontarnos a la primera de las Catalinas, Catalina I, que fue criada en la ciudad de Mariemburgo, siendo sirvienta de un pastor luterano llamado Glück. Como era habitual en esas épocas, la ciudad fue tomada y Catalina devino una "concubina". Podríamos decir que Catalina uso sus dotes de seducción y uso como escalera de ascenso las camas de los comandantes rusos, hasta que logró llegar al lecho del mismísimo zar Pedro el Grande. Llego un momento en que el zar no pudo prescindir de Catalina, que competió su cama de campaña sin queja alguna, sabiendo como tranquilizarlo cuando las convulsiones se apoderaban de él y sabiendo animarlo cuando se sentía triste. Al final, el zar se casó con Catalina en el año 1712 y en el 1724 la coronó zarina. De este modo consiguió lo que ya había conseguido en su tiempo Teodora, la esposa de Justiniano I del Imperio Bizantino : ascender de prostituta a emperatriz.

Tras la muerte del zar, Catalina supo apartar del trono a los sucesores legítimos del zar y logró convertirse en la emperatriz reinante de Rusia. De este modo aseguró el trono a su hija Isabel, después de que su predecesora, la zarina Ana, lo dejara vacío. Isabel estaría implicada en la guerra de los Siete Años, y puso en más de un aprieto a Federico II de Prusia. La zarina Isabel nombró como heredero imperial al inepto nieto de Pedro el Grande, el futuro Pedro III. Pero para enmendar dicho error le buscó una mujer excepcional: Sofía de Anhalt-Zerbst, una princesa alemana de bajo rango, que sería la futura Catalina II. En medio de los caos de revueltas palaciegas y consagraciones, finalmente se acabó con la vida del poco brillante Pedro III y de este modo Sofía se convirtió en Catalina II, la zarina de todos los rusos (1762-1796), la Grande.


Catalina II en abrigo de paseo

Para fortalecer su precaria posición (Catalina II no era rusa de nacimiento), empleo sus mejores armas: su gran inteligencia y su gran poder de seducción. Catalina II se aseguró la lealtad de sus sucesivos ministros sacrificando su castidad en el altar de la política. En otras palabras, sus ministros fueron también sus amantes y viceversa. Entre sus favoritos estaba el príncipe Potemkin, famoso por crear los pueblos irreales, compuestos únicamente de fachadas, con los que lograba embaucar a la zarina.
Catalina II fue una monarca ilustrada que llegó a mantener correspondencia con Voltaire y con casi todos los filósofos de la ilustración. Desde el punto de vista político, continuó las reformas de Pedro el Grande: puso la jurisdicción sobre la servidumbre en manos de los jueces, arrebatándosela a los señores; suprimió la tortura y afianzó la tolerancia religiosa; sometió la Iglesia ortodoxa al Estado y fomentó la educación con la creación de escuelas y academias, aunque la Iglesia volvió a frenar su desarrollo; tampoco se olvido de la mujer, pues ella era mujer, y fundó escuelas para niñas: también creó hospitales, mejoró la sanidad y demostró la inocuidad de las vacunas, siendo la segunda rusa que se vacunó contra la viruela.

Si bien su favoritismo fortaleció los privilegios de la nobleza, la zarina continuó impulsando la política industrial de Pedro el Grande. Y entre tanta actividad aún encontraría tiempo para componer óperas, escribir poemas, dramas, cuentos, tratados y libros de memorias. También editó una revista satírica anónima, en la que colaboró regularmente, y escribió una historia de los emperadores romanos. Catalina II ha sido, sin duda alguna, una de las soberanas más excepcionales que jamás hayan subido a un trono.

Catalina II en su madurez