diumenge, 20 de desembre de 2009

LAS REVOLUCIONES EUROPEAS DE 1848

Europa en la época revolucionaria de 1848


En una época que fue, de por sí, revolucionaria, 1848 fue un año especialmente significativo. Francia, Italia y Europa Central fueron sacudidas por la insurrección. Pero, contrariamente a lo que entonces se pensó, ésta no obedeció a un plan general, y la falta de coordinación resultó fatal para los revolucionrios.
En toda Europa Occidental los levantamientos de debieron a causas similares. La Revolución industrial había dislocado las formas tradicionales de vida y provocado la aparición del proletario urbano y el ascenso de la burguesía liberal, deseosa de conseguir el poder político. Además de la inestabilidad social y económica, la existencia de gobiernos autocráticos, legado de los acuerdos del Congreso de Viena, agravó la situación y avivó la lucha de los intelectuales por la reforma política. El hambre empezó a hacer estragos después de las malas cosechas de cereales de 1845, 1846 y 1847, y de una plaga de pulgón que devastó las plantaciones de patatas. Una muchedumbre desesperada se lanzó a las calles dispuesta a cualquier cambio que ofreciera esperanzas.
Los centros de las revueltas fueron las grandes ciudades. La Revolución industrial habia empujado a miles de personas a las ciudades, donde les esperaba una vida de miseria y degradación. La segunda crisis de 1848, con el hundimiento de los créditos internacionales, que llevaron a la ruina y al desempleo general, agravó aún más la situación. Por último, una epidemia de cólera sembró el pánico y la ira, y sirvió de catalizador psicológico de la agitación revolucionaria.

Luis Felipe, rey de los franceses


Las primeras revueltas estallaron en Italia. En Francia, el rey Luis Felipe se vio obligado a abdicar en febrero y se proclamó la República. En marzo, la caída del apóstol del orden europeo, el príncipe Metternich, canciller del Imperio de los Habsburgo, elevó la moral de los revolucionarios. Tomados por sorpresa y desbordados por los disturbios, los gobiernos no supieron reaccionar. Su única esperaza era hacer concesiones. Se aprobaron Constituciones liberales y el emperador de los Habsburgo, el Papa y los reyes de Francia y Prusia abandonaron sus capitales.
Simultáneamente, se produjo un resurgimiento del nacionalismo. El Imperio de los Habsburgo, con sus esferas de influencia en Italia y Alemania, parecia condenado. Hungría proclamó su independencia. Los bohemos organizaron un movimiento nacionalista y convocaron un Congreso cuyo objetivo era estudiar un nuevo estatuto para los eslavos dentro del Imperio. En Italia, Giuseppe Mazzini incitó al levantamiento para formar un Estado italiano. Al mismo tiempo, el rey Carlos Alberto de Piamonte envió un ejército a los lombardos para ayudarles a expulsar a los austríacos. Con ello esperaba formar un reino en el norte de Italia. En marzo se habían levanado barricadas en Berlín y en mayo un Parlamento convocado en Frankfurt intentó encontrar la manera de unificar Alemania. Estos movimientos mostraban hasta qué punto se sentia hostilidad por los acuerdos del Congreso de Viena y su ideologia represiva.


Pio IX, Sumo Pontifice


Pese a todo, hacia mediados de 1848 la marea revolucionaria se detuvo. Los primeros éxitos habian sido ilusorios. El Imperio de los Habsburgo siguió su política histórica -divide y gobierna-, aprovechándose de las disensiones entre los revolucionarios. Croatas y rumanos, reacios a la dominación magiar, se levantaron contra el nuevo lider húngaro, Luis Kossuth. En Italia las fuerzas de Carlos Alberto fueron aplastadas por los austríacos en dos campañas. Los católicos dudaron en desobedecer al Papa, que había prohibido toda violencia contra los católicos Habsburgo.
En Alemania, los intelectuales reunidos en la Asamblea Nacional Constituyente de Frankfurt se perdieron en largas discusiones y el movimiento democrático sólo obtuvo prudentes concesiones constitucionales. Donde las reivindicaciones fueron más enérgicas, el ejército prusiano se encargó de restablecer el orden. Las clases medias, cuyo papel había sido decisivo para la revolución, estaban horrorizadas por las fuerzas que había desatado, y al ver cómo la revolución degeneraba en anarquía, recibieron con los brazos abiertos el establecimiento de la ley y el orden. En 1849 el movimiento revolucinario había sido contenido.
Las fuerzas de la reacción parecian haber triunfado. Las masas desorganizadas no tenían nada que hacer frente a los ejércitos profesionales de Austria, Prusia, Rusia y Francia. La tradición de los Habsburgo de acuartelar el ejército en cada provincia con tropas de otras provincias, impidió que los soldados tomaran partido por los revolucionarios. Había pocas esperanzas porque la mayoría de la población (los campesinos) rechazaban la revolución.


Francisco I, emperador de Austria

No obstante, se produjeron algunas mejoras significativas. Se abolió la servidumbre en el Imperio de los Habsburgo, y Piamonte y Prusia mantuvieron sus Constituciones y consiguieron la unificación de Alemania y la de Italia en 1871. Los gobiernos otorgaron mayor importancia al proceso democrático.
Pero los nacionalistas habian aprendido que el idealismo y el entusiasmo populares no eran suficientes. Sus esperanzas sólo podrían verse satisfechas igualando la fuerza militar de sus oponentes. Las revoluciones de 1848 fueron seguidas por un período de cinismo y oportunismo en política y por la utilización sistemática de fuerzas armadas para silenciar las reivindicaciones obreras. La era de "sangre y hierro" de Bismarck había comenzado.