dilluns, 30 de novembre de 2009

LA FÁBRICA DE PORCELANA DE VIENA

Sopera de Meissen, con clara influencia de Viena

Todas las grandes naciones, en un momento o en otro, quisieron tener una fábrica propia de porcelana que reflejara el esplendor de sus reinos e imperios. Ostenta el honor de ser la primera fábrica de porcelana de Europa la de Meissen, en el Electorado de Sajonia (1706).
Austria no sería una excepción, y la Fábrica de Porcelana de Viena fue la segunda, después de la de Meissen, que consiguió hacer porcelana de pasta dura en Europa. Fue fundada en 1718 por Claude de Paquier, un funcionario del gobierno austriaco, aunque de origen holandés, contando con varios colaboradores procedentes de Meissen.
Los principios de la fábrica no fueron buenos y sus resultados económicos nefastos. Pero a pesar de estos inconvenientes Du Paquier siguió con la fábrica, en 1727 consiguió un préstamo del ayuntamiento de Viena que salvó a la empresa de la bancarrota y le permitió seguir en funcionamiento.
Las primeras piezas que salieron de esta fábrica estaban, en cuanto a la forma, claramente inspiradas en Meissen, si bien se les añadía un mayor relieve y la decoración de chinerías se distribuía de una forma más abigarrada. En esa decoración solían aparecer animales pintados en negro y oro, utilizándose este material como un color más.
Pronto, sin embargo, la producción de Viena comenzó a presentar características propias, destacando la originalidad de la decoración conocida como "flores de India", que consistía en unos motivos florales trazados de forma muy naturalista. Ahora sería Meissen la que imitase a Viena copiando este tipo de decoración. También fue un logro de Viena la decoración conocida como "Lau-und-Bandelwerk", consistente en unos motivos barrocos en oro y plata tomados de las decoraciones arquitectónicas de los palacios vieneses.
De todas formas, la fábrica se iba manteniendo gracias a la exportación (sobre todo a Rusia) de grandes servicios de mesa. No obstante los beneficios eran pocos y Du Paquier, en 1744, decidió venderla al estado austriaco, aunque él siguió de director hasta su fallecimiento en 1751. Así, a partir de ahora, las piezas que salían de la fábrica llevarían el escudo de Austria.
También a partir de 1749 la pasta se hace más blanca y de mejor calidad al utilizar una arcilla húngara en vez del clásico caolín de Passau.
La crisis en la fábrica continuaba y por ello se intentó, sin éxito, volver a privatizarla. Por ello, en 1778 Austria nombró director de la misma a Konrad von Sorgenthal, un hombre de negocios sin ninguna noción del arte de la porcelana, pero que logró transformar la vieja fábrica en un próspero negocio.
Durante el período de Soregenthal (178-1804), Viena, adelantándose a la famosa Sèvres francesa, abandonó el estilo rococó por el neoclasicismo, de formas mucho más sencillas. También el químico Joseph Leithener logró crear en 1791 un azul cobalto muy oscuro que, a diferencia del de Sèvres, no hacía aguas. Inventó, igualmente, un tono amarillo anaranjado y el procedimiento para laminar en oro las piezas. Así, pues, la gran diferencia de Viena con otras fábricas europeas fue que los colores eran muy fuertes en comparación con las tonalidades pálidas que se empleaban en el resto de Europa.

Jarrón de flores de cerámica de Meissen

En 1804 se nombra director de la fábrica a Mathias Nierdermayer, el cual introdujo algunas innovaciones, como la decoración de piezas en sepia o la utilización de fondos marrones rojizos. Viena también fue, en esa época, la primera fábrica europea que realizó piezas enteras doradas.
En este momento la decoración recibía la influencia del reino de Nápoles, desarrollando un estilo topográfico que, a diferencia del napolitano, se hacía aquí con fondos amarillos.
Pero a pesar de todas estas innovaciones y novedades, tras Sorgenthal, la Fábrica de Porcelana de Viena había vuelto a entrar en pérdidas. A partir de 1827 la situación económica se hizo insostenible y, aunque para intentar salvarla se volvieron a repetir los modelos de más éxito, al tiempo que en otras piezas se copiaba claramente a Sèvres, en 1864 la factoría tuvo que cerrar definitivamente sus puertas.
El excedente de piezas sin decorar fue liquidado y pintado en talleres caseros, conocidos como "hausmaler".

Entrada al recinto de Palacios Imperiales del Hofburg, en Viena, en cuya decoración se inspiró parte de la cerámica vienesa.


.

diumenge, 1 de novembre de 2009

LOS ANTECEDENTES DE LA UNIFICACIÓN ITALIANA

De los grandes países europeos, Italia fue, junto con Alemania, el último que llevó a cabo su unificación política, entre 1859 y 1870. El movimiento que sirvió a estos fines fue denominado "Risorgimento", por analogía con el Renacimiento artístico y cultural del siglo XVI.
A partir de la Alta Edad Media, Italia padeció una serie de dominaciones extranjeras; estuvo bajo la hegemonía del Imperio germánico, de Francia, de la corona catalano-aragonesa, de la monarquía hispana y de Austria.
La Revolución francesa y, más tarde, la incorporación de la península italiana a la Francia jacobina y napoleónica (1799-1815), prepararon el terreno para la unificación. La situación dio a Italia un nuevo orden social y jurídico, derivado de los principios de 1789, que favoreció el control de los asuntos públicos y de la actividad económica por parte de la burguesia liberal, imbuida de la mentalidad de la ilustración. Las masas campesinas siguieron careciendo de conciencia política durante mucho tiempo, pero los habitantes de las ciudades y los viejos militares que habían vivido la epopeya imperial empezaron a aspirar a una comunidad nacional basada en el modelo galo.
El derrumbamiento de la Europa napoleónica pareció poner fin a esa primera experiencia, y, en 1815 (a consecuencia del Congreso de Viena), los antiguos soberanos volvieron a ocupar sus tronos. Triunfaba la reacción y, como afirmaba el principe Metternich (canciller de Austria), la palabra "Italia" no era más que una simple "expresión geográfica", desprovista de cualquier connotación nacional.


Entrada de las tropas francesas en Nápoles el 21 de enero de 1799

Tras la fachada retrógada de la Restauración actuaban diversas fuerzas renovadoras. El mapa político de la península italiana permaneció invariable de 1815 a 1859. Comprendía varios estados independientes, pero muy alineados en el "Sistema Metternich": los Estados Pontificios y los reinos de Cerdeña-Piamonte y Dos Sicilias (Napoles), y más tarde los estados austríacos, posesiones directas de los Habsburgo, como el Reino Lombardo-Véneto o las monarquías satélites del gran ducado de Toscana y los ducados de Parma y Módena.
La primera generación de "patriotas" se reunían en sociedades secretas cuyo ritual y cuyos ideales derivaban de la francmasonería: los guelfi, los federati, los adelfi y, sobre todo, los carbonari, cuyos miembros se agrupaban en secciones llamadas "ventas".
En un clima de exaltación romántica, los adeptos de las sectas soñaban con derrotar al absolutismo encarnado por Austria y crear un estado nacional y democrático, heredero de la Revolución francesa.


María Luisa de Austria, duquesa de Parma

Los nacionalista italianos no poseían una organización coordinada y eficaz. Estrechamente vigilados por la policía, se veían condenados a actuar a través de conspiraciones y sediciones militares que pronto eran sofocadas y encontraban poco eco en el pueblo. Las primeras insurrecciones estallaron en 1817 y 1818 en los Estados Pontificios; la revolución española desencadenó el movimiento de los "ventuno" y así, en Nápoles, el general Guglielmo Pepe obligó al soberano a adoptar la constitución española, pero Fernando I pidió ayuda a Austria y ésta aplastó, en marzo, a los insurrectos, tras el congreso de Laybach. La agitación se extendió al Piamonte, con el acuerdo del heredero al trono, Carlos Alberto de Saboya-Carignano, Victor Manuel I abdicó, pero Carlos Alberto I abandonó la causa liberal y se exilió en Toscana; mientras, el nuevo rey, Carlos Félix I, restauraba el absolutismo con la ayuda de Metternich.
El reino Lombado-Véneto y los ducados eran desde antiguo tierra propicia a las conspiraciones. Maroncelli, Confalonieri, Adryane, Arese y Silvio Pellico, entre otros, fueron encarcelados en las fortalezas austríacas; el libro de Pellico "Le mie prigioni" de 1832, que refería la cautividad del autor en Spielberg, sensibilizó a la Europa liberal en favor de la causa del Risorgimento.


Situación del reino Lombardo-Véneto en la peninsula italiana

La revolución francesa de julio de 1830 suscitó en febrero de 1831 una nueva llamarada de revueltas en la Romaña pontificia y en los ducados de Parma y Módena. Pero la Francia de Luis Felipe, cuyo apoyo esperaban los patriotas, proclamó la no intervención. Los movimientos fueron yugulados por los austríacos que ocuparon Bolonia, mientras los franceses establecieron una guarnición en Ancona para proteger los Estados Pontificios.
A las revoluciones de 1821 y 131 siguieron los éxodos de patriotas proscritos, que partieron rumbo a Francia, Suiza, Bélgica o Gran Bretaña y se persuadieron así de que la regeneración de Italia no podría lograrse a base de conspiraciones aisladas, sino por la adhesión general de todos los estamentos sociales en torno a un proyecto común.