diumenge, 1 de març de 2009

EL ÚLTIMO SOBERANO HABSBURGO (2)


Carlos, Zita y el principe heredero Otto

Al nuevo emperador, los comienzos de 1917 le parecieron óptimos para intentar negociar con Francia unas condiciones de paz. En abril de este mismo año intentó desbloquear la conferencia austro-alemana de Kreuznach, estando dispuesto a ceder Galitzia a una futura nación polaca y, por el bien de la paz, Alemania debería restituir a Francia Alsacia y Lorena, pero, como era de preveer, el gobierno germano se negó en rotundo.
Tras este fracaso, Carlos I confió una misión secreta a su cuñado, el príncipe Sixto de Borbón-Parma. Sixto, usando como pretexto el visitar a su madre en Suiza, hizo de correo entre París y Viena. En una de estas cartas, el emperador se comprometía a apoyar "las justas reivindicaciones francesas" en relación a Alsacia y Lorena. Gran Bretaña se mostró favorable a estas negociaciones, pero fracasaron por culpa de la posición de Italia. Tampoco contó con el apoyo del conde Czernin, que acabó enterándose de estas negociaciones, y que era contrario a firmar una paz por separado.
Carlos no se rendirá en su afán de devolver la paz a sus pueblos, e intentará entablar nuevas conversaciones de paz por mediación de Alfonso XIII, rey de España, del Sumo Pontífice Benedicto XV y de la reina Isabel de Bélgica (de ascendencia alemana). Pero todo fue en vano para el emperador, ya que la nueva clase política francesa había cambiado y deseaban aniquilar a Austria y a su imperio, tan sólo los militares franceses deseaban una paz con Austria-Hungría, pero ellos no podrán decidir, sólo deberán defender la república. Además Carlos deseaba la paz , pero no a costa de abandonar a su aliado, el imperio alemán, ya que no lo consideraba ni honroso ni ético; por ello Austria-Hungría deberá compartir la suerte de Alemania de ahora en adelante, para bien o para mal.


Carlos IV de Hungría, paseando por Budapest tras su coronación


A finales del año 1918 la derrota de los imperios centrales era inminente, por ello, y con el objetivo de intentar detener la fuerza centrifuga de las nacionalidades de su imperio, el 17 de octubre el emperador Carlos intentará transformar a la vieja monarquía en una especie de federación de estados nacionales. Pero este último intento fracasará por dos motivos: en primer lugar porque la guerra ya estaba perdida y las nacionalidades abandonarán el barco que se esta hundiendo y en segundo lugar porque esta actuación del monarca aparecerá como un gesto de debilidad del mismo con el único fin de intentar salvar al Imperio de su desintegración.

Sólo dos días antes de el intento desesperado de Carlos para salvar la doble monarquía, el parlamento húngaro había proclamado la independencia total en relación a la parte austriaca, salvo en la persona del monarca, así, pues, sobre el papel, Carlos y Zita continuaban siendo los reyes de Hungría.

Octubre fue un año difícil para Carlos. Los diputados del área alemana de su imperio se manifestaron a favor de una unión con Alemania, tan sólo los socialcristianos se mostraban partidarios de mantener una monarquía constitucional. El 28 de octubre los checos y los eslovacos se unieron para proclamar la república de Checoslovaquia.

En medio de todos estos acontecimientos, Carlos que permanecía en el palacio de Schömbrunn, en las afueras de Viena, debe recibir a los representantes de la parte alemana de su imperio (los socialdemocratas), los cuales le piden, el 12 de noviembre, la abdicación. Al enterarse de esta petición fue cuando la emperatriz Zita pronunció sus famosas palabras sobre la imposibilidad de abdicar ("...un soberano no debe abdicar (...) Abdicar, NUNCA, NUNCA, NUNCA.....). Finalmente Carlos, con el apoyo de Zita, se negó a abdicar a pesar de que, según sus palabras, "me han amenazado con lanzar a las masas obreras sobre Schömbrunn si no renuncio a la corona... pero yo no abdicaré, ni huiré...", aunque si estuvo de acuerdo en firmar una declaración en la cual no abdicaba, sino que tan sólo renunciaba, momentaneamente, a las tareas de gobierno en la parte austriaca de su imperio; es decir, suspendió temporalmente sus prerrogativas regias, y, en palabras del propio emperador "...la suspensión no me priva de ninguno de mis derechos, porque no renuncio a ninguno". Tras estos acontecimientos abandonó Schömbrunn y se instaló a 2o km. de Viena, en Ekcartsau. Finalmente, para evitar el peligro de una guerra civil en sus territorios y un derramamiento de sangre, partió hacía el exilio con destino a Suiza (23 de marzo de 1919), contando con el apoyo del rey de Gran Bretaña (Jorge V) que quería evitar unos sucesos tan dramáticos como los ocurridos con la familia imperial rusa.
En su exilio en Suiza acabará instalándose cerca del Lago Leman, en Prangins. A la tristeza del exilio pronto se unirán los problemas económicos, ya que el gobierno austriaco expropiará los bienes de la corona y lo mismo harán Hungría y Checoslovaquia.
En el año 1920 se proclamará la república de Austria y en Hungría, tras un breve gobierno comunista, se consolidará la monarquía aunque como jefe de estado será elegido el almirante Nicolás Horthy, que se convertirá en el regente del pais, mientras su soberano permanece en el exilio. Durante el año 1921 Carlos, con el apoyo de algunos compatriotas y políticos húngaros, Carlos intentará recuperar el trono, aunque fracasará en ambos intentos. El motivo del fracaso será el contar con poco apoyo y las reticencias del regente a la vuelta de su soberano. Para muchos Horthy será considerado un traidor, aunque no hay que olvidar (junto a las ambiciones políticas del almirante regente) que las potencias aliadas vencedoras de la guerra amenazaron con una invasión de Hungria si Carlos recuperaba el trono.
Tras el segundo intento de recuperar el trono, el gobierno húngaro pidió a Carlos la abdicación, a lo que él se negó, alegando que en su coronación había jurado ante Dios defender la Corona húngara. Finalmente el parlamento húngaro destronó a los Habsburgo.


Carlos y Zita en su exilio de Suiza

Tras su segundo intento de recuperar el trono húngaro, no se permitió a Carlos volver a Suiza. Su nuevo destino sería la isla portuguesa de Madeira. Allí fallecerá, el uno de abril de 1922, de una bronquitis que degenerará en una doble neumonía. Sus últimas palabras serán para Zita: "te quiero mucho".
Las autoridades portuguesas brindarán a Zita la oportunidad de que el ejército luso le preste los honores militares correspondientes a un soberano, y Zita, profundamente agradecido, decidirá no aceptarlos, ya que no sería adecuado recibir muestras de respeto de un ejército extranjero sin que los ejércitos de sus reinos se lo prestaran.

Iglesia de Nuestra Señora del Monte, en Madeira

Sus restos descansan en la Iglesia de Nuestra Señora del Monte (Madeira), aunque su corazón, junto con el de la emperatriz Zita, reposan en la Abadía de Muni (Suiza), en la Capilla de Loreto.
En el año 1949 empezará la campaña para beatificar al monarca, y en 1959 será declarado "Venerable", como primer paso del proceso de beatificación. Finalmente el Papa Juan Pablo II, el 3 de octubre de 2004, lo declarará Beato de la Iglesia Católica Romana y destacará de su figura el saber anteponer su fe en la toma de decisiones políticas y el ser un buscador incansable de la paz, siendo un ejemplo a seguir por todos y, en especial, por aquellos que tienen responsabilidades políticas.

Como punto final podemos citar unas opiniones de destacados escritores:

Herbert Vivian dirá del emperador: "fue un gran líder, un auténtico príncipe de la paz, que quiso salvar al mundo en unos días de guerra, fue un estadista que pretendió salvar a todos sus pueblos, fue un soberano que amaba a sus pueblos, un hombre sin miedo, un alma noble y distinguida, un santo....."

El novelista Anatole France escribirá: "El emperador Carlos fue el único hombre lo suficientemente decente para salir de una guerra en una posición de liderazgo, pero al ser un santo nadie le escuchará. Quería sinceramente la paz y, debido a ello, el mundo entero lo despreció. Así se perdió una gran oportunidad para el mundo...."

El Papa Pío X, tras una audiencia con un joven Carlos, aún archiduque, dijo de él: "...yo bendigo al archiduque Carlos, que en un futuro será emperador de Austria y sabrá como ayudar a sus países y a sus pueblos siempre con honor, pero nadie se dará cuenta de ello hasta después de su muerte...."



El último adiós a Carlos