divendres, 9 de gener de 2009

VIENTOS DE GUERRA

Arriba el canciller prusiano Bismarck

Como hemos visto en el post de la Guerra de los Ducados, la guerra entre el Imperio de Austria y el reino de Prusia era inminente. Bismark, que sabía que sólo una derrota austríaca dejaría vía libre a sus planes de unificación según las teorías de la "Pequeña Alemania", trató por todos los medios de aislar diplomáticamente a Austria. Así, en octubre de 1865 Bismark se reunió con el emperador Napoleón III de Francia, al cual tranquilizó quitando toda importancia al asunto de los ducados; pero el emperador de los franceses era un interlocutor muy fácil de embaucar, ya que era favorable a la unidad alemana según los planes prusianos y, naturalmente, esperaba algunas compensaciones ("propinas" dirá más tarde Bismark sobre lo que esperaba Napoleón III). Por otro lado Gran Bretaña no tenía un ejercito capaz de actuar de forma rápida y eficaz en la Europa continental, y desde la muerte del príncipe Alberto (1861) se interesaba menos por los asuntos europeos. Prusia también tuvo suerte con Rusia, ya que ésta no estaba dispuesta a perdonar a los Habsburgo su actitud en la crisis de Oriente de 1853. Por otro lado, el reino de Italia firmó un tratado de alianza con Prusia, sin ocultar que su intención era declarar la guerra para liberar Venecia, de esta manera Austria tendría que atender a dos frentes a la vez. Francia, finalmente, proclamó oficialmente una neutralidad que no engaño a nadie, aunque eso era, en el fondo, un mal menor para la monarquía de los Habsburgo.
Para poner término a toda esta situación verdaderamente explosiva, Austria, a mediados de abril de 1866, exigió a Prusia el cese de sus movimientos armamentísticos, porque ambas potencias habían comenzado a concentrar tropas desde mediados de marzo. De este modo, la trampa tendida por Bismark al gobierno austríaco se estrechaba cada vez mas.
Ante esta situación ¿como reaccionó el emperador austríaco Francisco José?. Pues la verdad es que lo hizo de una forma sorprendente para un jefe de Estado: lo hizo afrontando los acontecimientos y declarando la guerra contra su voluntad, únicamente para salvar el honor de Austria.
De todas formas el gobierno austríaco se mostró muy pasivo internacionalmente, lo cual permitió a Bismark seguir teniendo la iniciativa en todo este tema, a la vez que mostraba ante la opinión pública internacional que era Austria quien quería la guerra.
¿Estaba preparada Austria para la guerra?. En primer lugar hemos de destacar que las finanzas de la monarquía, lo mismo que siempre, se hallaban en un estado lamentable. El ministro Shmerling había permitido al parlamento llevar a cabo unos recortes alarmantes en el presupuesto militar, por lo que era necesario hallar rápidamente fondos para financiar los preparativos de la guerra. Von Beck fue llamado a consultas y propuso negociar con París un empréstito de 60 millones de florines, lo que venía a ser una operación completamente normal, puesto que las relaciones entre París y Viena eran aparentemente cordiales. Enterado de esta maniobra austríaca, Bismarck aprovechará este hecho para hacer creer que el gabinete de Viena tiene intenciones bélicas, cuando lo cierto es que lo que quería Austria no era más que defender Bohemia y Moravia, las cuales se encontraban prácticamente desarmadas desde hacía 10 años.

Una imagen del emperador de Austria Francisco José I

Mientras tanto el rey Guillermo I de Prusia dio, en mayo, la orden de movilizar la artillería y la caballería para terminar, el 12 de mayo de 1866, con el decreto de movilización general. Fue entonces cuando Napoleón III propuso una conferencia internacional para el desarme general de ambas potencias. Prusia respondió a semejante propuesta denunciando la convención de Gastein e invadiendo el ducado de Holstein el 7 de julio.
Ante semejante actitud de hostilidad, la Confederación Germánica responde el 14 de julio decretando un proceso de actuación federal contra Prusia. Austria no estará sola, puesto que Baviera, Wurtemberg, Baden, Hesse-Kassel, Hesse-Darmstadt y Sajonia votan la actuación y se ponen al lado del imperio austríaco, temerosas del expansionismo prusiano. Sin embargo, el corazón dice otra cosa distinta, porque el sentimiento de falta de preparación es muy grande entre los militares de la Confederación. Irán, pues, al combate sin entusiasmo, pero lucharan por su sentido del deber y por la fidelidad hacía sus soberanos. En Austria no ven a Prusia como el enemigo secular desde que ambas potencias lucharon codo a codo contra la Francia de Bonaparte, aunque una guerra contra Italia si sería popular, porque lo que sienten los austríacos hacía el ejército de Víctor Manuel es un desprecio tan sólo superado por la hostilidad hacía el enemigo italiano.
Así, pues, debido a las continuas injerencias prusianas en el gobierno austríaco de Holstein, la denuncia por parte de Austria de la convención de Gastein y la invasión de Holstein por Prusia serán los detonantes de la guerra austro-prusiana del 16 de junio de 1866.


Retrato de Napoleón III, emperador de Francia

Antes de declarar la guerra, el 11 de junio Francisco José había obtenido la neutralidad francesa en Italia cediendo, a cambio, Venecia, pero no la cedió a Víctor Manuel, lo que hubiera sido humillante para Austria, sino que la cedió a Napoleón III, para que, de este modo, no utilizara el ejército francés más allá de los Alpes junto al joven ejército italiano. De este modo, los austríacos no tendrán más que un solo adversario en el frente italiano (neutralizada Francia); de todas maneras, fueran cuales fuesen los resultados de los combates, los austríacos estaban seguros de perder Venecia. Pero, en la difícil situación en que se encontraba por entonces la monarquía de los Habsburgo, Francisco José juzgaba este sacrificio como inevitable, sin el cual Napoleón III se hubiera pasado al campo de sus enemigos.
De todas maneras, las verdaderas razones de la guerra de 1866 serán la aplicación del principio de las nacionalidades y las ansias de poder de Prusia, que pretende llevar a cabo la unidad alemana en beneficio propio y en el marco de la pequeña Alemania. Por lo demás, Bismarck no oculta su objetivo: eliminar a Austria de la Confederación. Además como Austria ya ha perdido Venecia por el tratado secreto del 11 de junio de 1866, la unidad italiana es ya prácticamente un hecho; sólo queda por resolver la cuestión romana, es decir, la soberanía del Papa sobre Roma, donde se halla protegido por las bayonetas francesas contra los intentos de los patriotas italianos de incorporar el territorio a la joven Italia. De todos modos, para los Habsburgo, Italia se acabó, por más que en junio de 1866 Francisco José ofrezca un millón de francos al rey Borbón de Napolés, Francisco II, para que fomente un levantamiento del reino contra las nuevas autoridades. Continuarán aún ciertas operaciones, pero la suerte está echada en Italia. En Alemania, por el contrario, una guerra corta, deseada y preparada por Prusia, va a imponer en seis semanas (la duración de la guerra austro-prusiana) la peor solución prevista por el ministro austríaco Schwanzenberg y el triunfo aparente del principio de las dos nacionalidades, privando a los Habsburgo de su principal razón de ser: la dirección del cuerpo germánico.

El rey de Prusia Guillermo I, futuro emperador de Alemania