divendres, 10 d’octubre de 2008

AUSTRIA TRAS LA CAIDA DE NAPOLEÓN


Al caer Napoleón, emperador de Francia, la posición de Austria como una gran potencia europea era muy sólida. Basta recordar que pasaron a su soberanía el Tirol (que había estado en manos Bávaras gracias a Napoleón), las Províncias Ilíricas, Venecia y Lombardía. Por este motivo, el imperio austriaco paso a ser el peor enemigo del movimiento de unificación de Italia. Los Habsburgo habían ceñido, casi sin interrupción (el período de 1742 a 1745), la corona del Sacro Imperio Romano-Germánico desde 1440 a 1806, aunque el poder efectivo estuviera en manos del soberano de cada estado. En 1804 Francisco se proclamó emperador de Austria y en 1806 dejó de existir el Sacro Imperio (ya que lo abolió Napoleón). El Congreso de Viena no lo restauró, aunque creó la Confederación Germánica (1815-1866), a la que pertenecía Austria; tenía su sede en Frankfurt y lo presidia un representante austríaco. Para Metternich, esta Confederación uniría a Austria y Prusia en su lucha contra los movimientos liberales y radicales. Políticamente este sistema funcionó hasta 1848, aunque económicamente estuvo condenada al fracaso debido al Zollverein creado por Prusia, excluyendo a Austria.
Como ya hemos comentado en anteriores entradas del blog, la estructura del Imperio austríaco experimento pocos cambios en el siglo XIX: en las províncias occidentales existía un régimen absolutista y centralista. En los territorios de la Hungría histórica, las dietas, los comitatos y la nobleza conservaban gran autonomía. Había además diferencias entre los distintos países de la zona húngara: Croacia tenía sus instituciones propias; Transilvania representaba una unidad aparte; los Confines Militares al sur de Hungría tenían una organización castrense subordinada al consejo áulico de guerra con sede en Viena; los ortodoxos (serbios y rumanos) gozaban de autonomía religiosa. En el terreno económico, la Revolución Industrial despegó tras las guerras napoleónicas, y Austria ya contaba con una red ferroviaria antes de 1848, pero no hubo vida política hasta pasadas las revoluciones de el año citado. Pero, como era habitual en un imperio tan multicultural, lo más característico de Austria fueron los problemas nacionales.
Durante las tres décadas anteriores a 1789 se produjeron en diversos pueblos de la monarquía, ciertos movimientos culturales deseosos de hacer de la lengua materna del pueblo un idioma literario y científico, de estudiar la lengua, la historia y la etnografía del pueblo, y de crear una literatura en su propia lengua. Esos movimientos no tenían un carácter político, sino cultural, y el estado austríaco los toleraba porque no les atribuía demasiada importancia. En Hungría se restableció el latín, pero el magiar empezó a introducirse en la administración y en la enseñanza. Pero desde 1790 este objetivo no afectó solamente al territorio étnico magiar, sino a toda la Hungría histórica: los pueblos no magiares tendrían que "magiarizarse"; sólo había una nación húngara de lengua magiar, y los demás pueblos eran sólo nacionalidades que carecían de tradición estatal. La política de magiarización cosechó sus mejores éxitos entre la nobleza y las ciudades. Algunas zonas no magiares opusieron una enérgica resistencia, sobre todo Croacia. En las províncias occidentales (las zonas bajo influencia de Austria), se toleraron las nacionalidades en tanto sólo manifestaran movimientos culturales. De este modo se obtuvieron (en esta zona) unos resultados muy importantes: se resolvió el problema de las lenguas literarias eslavas (ruso, ucraniano, checo, eslovaco, esloveno y serbocroata) y de las ciencias nacionales eslavas (filología, historia, etnografía), que se deben en gran medida a los esfuerzos de los eruditos eslavos de Austria. Pero como todo no es nunca lo que aparenta ser, detrás de esa actividad cultural se ocultaban tendencias política.
Francisco I y, sobre todo su canciller, Metternich sabían muy bien que la monarquía abarcaba diversos pueblos y consideraban que una monarquía constitucional conduciría a la desintegración. El único nexo de unión para todos esos pueblos era la persona del monarca, la lealtad hacia el soberano, un legitimismo apoyado por la nobleza, la burocracia, la Iglesia y el ejército. Al luchar por el legitimismo en Europa, Austria defendía al mismo tiempo el principio de su propia existencia.






Antes de la Primera Guerra Mundial, Austria-Hungría era una potencia económica y cultural, ocupando el sexto lugar mundial. Su extensión territorial era de 676.616 km2 aprox. (el segundo en extensión territorial en Europa) y su población llegaba a los 52.500.000 de habitantes (el tercero más poblado de Europa), que se distribuía de la siguiente manera:

-Unos 12.000.000 de alemanes.
-Unos 10.000.000 de húngaros
-Unos 9.000.000 de checos y eslovacos.
-Aproximadamente 5.000.000 de polacos y otros tantos de serbios y croatas
-Cerca de 4.000.000 de rutenos
-Más de 1.000.000 de italianos

Las religiones en el imperio también eran diversas al tratarse de un imperio multinacional:

-34.000.000 de católicos romanos
-4.500.000 de ortodoxos y otros tantos de protestantes.
-2.500.000 de judíos
-700.000 musulmanes

La coexistencia pacífica entre todos ellos era garantizada por el Imperio, pero toda esta situación cambiaría tras la Gran Guerra.